Maternar y paternar: a una letra de diferencia y a unos paso más de la igualdad

No es que no queramos hijos: es que no queremos renunciar a todo lo demás.

abril 30, 2026 Escrito por Sara G. Pacho

Licenciada en Sociología por la Universidad de Salamanca y en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid.

Revisado por el equipo de expertas de Bloom, plataforma especializada en salud femenina.

Hay una frase que lleva años circulando en conversaciones de sobremesa, en hilos de Twitter, en grupos de WhatsApp de amigas y, cada vez más, en entrevistas y artículos de opinión. No es un eslogan feminista al uso ni el titular de ninguna campaña. Es, en apariencia, “una broma”. Pero, como todas las bromas que se repiten demasiado, esconde algo de verdad incómoda: “yo también querría ser padre”.

Esto dicen muchas mujeres que rondan esa edad en la que hay que poner fecha a la maternidad, pero que, con los datos sobre la mesa, saben lo que eso puede significar en sus vidas. Retrasar el momento de ser madre es cada vez más frecuente, de hecho 2026 ha sido el año en el que las madres mayores de 40 han superado a las menores de 20. El reloj biológico no se puede ignorar, pero tampoco una realidad que puede ser más fuerte que el «instinto maternal».

La resistencia a tener hijos es mayor en las mujeres que en los hombres, siendo las trabas en la proyección profesional uno de los motivos principales. Las cifras son claras: la tasa de empleo de los hombres de 25 a 49 años con hijos es más alta que sin hijos (90,4% vs 86,2%), mientras que en las mujeres ocurre exactamente lo contrario: la tasa cae de 79,3% sin hijos a 71,8% con hijos.

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No estamos hablando de maternar y mantenerlo todo intacto. Estamos hablando de una desigualdad estructural que, en muchas ocasiones y muy a pesar de las mejores intenciones en pareja, acaba siendo un peso que no se comparte. 

En Nacemos de mujer (1976), Adrienne Rich distingue entre la institución de la maternidad, que engloba el conjunto de expectativas, mandatos, distribuciones de carga y penalizaciones que rodean el hecho de tener hijos, y la experiencia de criar, vincularse, acompañar. Una puede rechazarse sin rechazar la otra. 

Una decisión que lo cambia todo (para nosotras)

La maternidad, tal como existe en España y en la mayor parte del mundo occidental, sigue siendo más costosa para nosotras de lo que es la paternidad para ellos. En tiempo, en dinero, en carrera, en cuerpo, en identidad, en salud mental, en libertad. El coste no se reparte. Y no es una casualidad. Ni tampoco una accidente. Es el resultado de una organización social que lo ha producido durante siglos y que lo reproduce todavía, con variaciones menores, en el presente. Eva (32) es un buen ejemplo de lo que tratamos de ilustrar. Quiere ser madre, pero, ¿ahora? Su pareja, sin embargo, lo tiene más claro. Algo tiene que ver la edad (es seis años mayor que ella, como sucede muy a menudo en parejas hetero), pero no solo es eso. “Ahora mismo me frena que estoy cómoda con mi vida, y sé que tomar esta decisión me va a afectar no solo a nivel físico, sino también a nivel laboral o social”, explica. Hoy en día somos más conscientes del coste que tiene ser madre para nosotras. “Aunque haya corresponsabilidad en la crianza, siempre va a haber diferencias –añade Eva–, ya sea en lo puramente biológico, en los vínculos… No es lo mismo ser madre que ser padre”. 

No es la maternidad, es la forma que toma

La maternidad sigue siendo un deseo muy extendido entre las mujeres españolas, pero cada vez más matizado por la incertidumbre, sobre todo en mujeres jóvenes que, como Eva, están en su prime en ese momento en el que “toca” ser madre, e intentan retrasarlo para poder disfrutar un poco más de eso que tanto ha costado construir. Y es que, aunque sobre el papel todo son buenas intenciones, es frecuente que lo estructural nos arrolle y se acabe generando una desigualdad especialmente cara para una de las partes. ¿Estamos exagerando? Según el CIS, las mujeres en España dedican casi siete horas de media al día al cuidado de los hijos, frente a las menos de cuatro horas que dedican los hombres

Cuando escuchamos entonces ese “yo también querría ser padre” no estamos oyendo una renuncia a la maternidad, sino a esa maternidad que implica poner un punto y aparte en nuestras vidas, interrumpir nuestra carrera profesional (sin tener claro las consecuencias que tendrá), asumir prácticamente toda la carga mental de la crianza, renunciar a cualquier resquicio de nuestra identidad que se salga de ser madre. Cuando decidieron que querían formar una familia Rosa (41) y su pareja tuvieron una conversación sobre cómo se organizarían en adelante. “Con el primer embarazo acordamos que él se ocuparía de las tareas del hogar, las compras, la limpieza. Cuando tuvimos a nuestro segundo hijo vio que, además de todo eso, tenía que formar parte de la crianza. Y eso le agobió. Se dio cuenta de que su vida también había cambiado”, explica.

Recuerda que ella vivió un duelo en el momento de quedarse embarazada, porque supo que en ese momento tenía que despedirse de quien había sido hasta entonces. “Creo que es lo que él está viviendo ahora, que ve que su vida está totalmente atravesada por nuestros hijos”, explica. Añade que él lleva especialmente mal no tener tiempo para ir al teatro o hacer deporte, e incluso haber puesto la vida de pareja en un segundo plano. “Eso le hace sentir frustrado, enfadado, deprimido. Y no lo comparte con nadie”, añade. Rosa tuvo claro que compartir su situación era fundamental para poder llevarla mejor: “hablar las cosas te ayuda a ver que no estás sola, que no te pasa solo a ti”, concluye. 

No es lo mismo rechazar la maternidad que rechazar el coste de la maternidad. Son dos cosas distintas, con causas distintas y consecuencias distintas, y confundirlas implica no resolver ninguna de las dos.

Anatomía de una crianza desigual

Muy a pesar de los avances legislativos, los permisos de paternidad igualados y a la retórica de la corresponsabilidad que lleva una década instalada en el lenguaje público, no podemos afirmar que a día de hoy el reparto sea 100% equitativo (al menos en parejas hetero). Ni siquiera cuando lo parece. Marta (39) y su pareja tienen distribuidas las tareas a lo largo del día, pero es ella quien organiza todo para que funcione lo mejor posible. “Por la mañana él se encarga de levantar a las niñas y llevarlas al cole, pero antes de irme al trabajo yo he dejado preparada la ropa que les tiene que poner, los almuerzos, las mochilas con lo que tienen que llevar ese día…”, explica. Sí, aunque ella también trabaja a jornada completa, asume toda la carga mental de la crianza. Y esa gestión no se reduce a ejecutar o a dar órdenes. También es anticipar, recordar, prever. “Sí, soy yo quien recuerda las citas médicas, quién está pendiente de qué ropa necesitan o de si se han acabado los pañales”, confiesa. 

Este trabajo mental no se pone en off al salir de casa, sino que acompaña a todas partes, con consecuencias sobre la salud de las mujeres. Según este estudio europeo de 2024, el 78% de las madres españolas dice sentirse sobrecargada y el 64% afirman encargarse por sí solas de las tareas domésticas y el cuidado de la familia (independientemente de si trabajan o no). No es de extrañar que más de la mitad de ellas reporten problemas de salud mental (en su gran mayoría, trastorno de ansiedad). 

Rosa M. Navío Martínez, investigadora y experta en género, masculinidades y feminismos, insiste en la parte estructural de esta situación que se repite: “la socialización de género diferencial es clave. A las niñas se nos educa con la idea de que cuidar forma parte de nuestra identidad, mientras que ellos entienden que son un apoyo, una ayuda que llega cuando se reclama”, explica. Aunque es difícil perfilar una solución, la experta aboga por la “pedagogía de los cuidados”, es decir, entender por igual que el cuidado no es algo biológico, sino una competencia básica para la vida, vertebradora, que debemos aprender todos desde la infancia. 

Lo que hemos cambiado… y lo que no

Ese padre cariñoso, implicado, presente en el parto, capaz de cambiar pañales sin instrucciones, etc, es un personaje real. Existe. Y sí, ha sustituido al padre proveedor que dominó el siglo XX. «Antes los hombres no cambiaban ni un pañal», puede que hayas escuchado decir a tu madre o a tu abuela. Y es cierto. El padre de hoy no es el de los años 70. Pero confundir ese progreso relativo con igualdad o con justicia es una trampa. 

La asimetría en las expectativas y en el reconocimiento es uno de los mecanismos más eficaces de perpetuación de la desigualdad. El estándar de la buena paternidad es, en términos generales, significativamente más bajo que el estándar de la buena maternidad: se espera menos, se exige menos, y cuando lo que se hace supera ese umbral bajo, se celebra.

Cuando un padre cuida, se percibe como algo que excede su rol tradicional; cuando una madre cuida, simplemente está cumpliendo con lo que se da por hecho. Y por consiguiente existe una asimetría en el reconocimiento. Y este doble rasero se sigue manteniendo, ya que se siguen teniendo las mismas expectativas, no han cambiado las normas culturales y a ellos se les sigue recompensando socialmente.

Rosa M. Navío Martínez, Investigadora y experta en género, masculinidades y feminismos

Paternidad y maternidad siguen sin ser equivalentes. Por eso nosotras retrasamos la maternidad. Por eso le damos más vueltas a lo que va a suponer tener familia. Sabemos que algo se va a “romper” para siempre. Para bien y para mal. Tal y como explica la experta Navío Martínez, la maternidad continúa implicando muchas renuncias, cambios y reajustes en la vida personal, profesional y económica de las mujeres que no son idénticas si hablamos de paternidad. “¿La desigualdad de los cuidados comienza en la crianza?”, nos pregunta la experta. Según ella, al tener familia se hacen evidentes dinámicas previas de la pareja muy influidas por la socialización de género. 

Miguel (47), forma parte de EQUALS, Instituto de Masculinidades e Igualdad, y sabe que muchos hombres alegan lo que él denomina “incompetencia estratégica” para no hacerse cargo de la crianza. Sin embargo, se muestra optimista: «creo que cada vez hay más padres y compañeros presentes que priorizan los cuidados, y que lo intentan, aunque no siempre con éxito”. Él no ha sido padre (cree que por cobardía), pero afirma tener una “visión romántica del amor de pareja y de la figura del padre, que da lo mejor de sí mismo y contribuye a crear personitas sanas, respetuosas, con vínculos de apego sanos y que aportan a la comunidad”.

Raúl (36), otro miembro de EQUALS que sí que es padre, dice sentir vergüenza cuando algunas personas se sorprenden de su implicación en la crianza y afirma que su máxima resistencia es tener que renunciar a parte de la vida pública por la paternidad. «En mi caso, aparece la culpa por tratar de hacer la mitad pero no saber bien si es suficiente. Creo que hay una broma recurrente sobre lo que hacemos o no en casa, como si en realidad no fuera posible que seamos corresponsables de verdad y lo dijéramos para tener una medalla», comenta.

¿El deseo masculino de ser padre depende de una maternidad más sacrificada?

Hay una pregunta que nos ronda desde el principio del reportaje: ¿qué desean exactamente los hombres cuando dicen que quieren ser padres? Si lo pensamos desde una perspectiva más antropológica, el deseo masculino de tener hijos nos habla de una función identitaria que viaja en otro cauce distinto al de la práctica más cotidiana de criar.

Es decir, ser padre es un estatus, un lugar social y simbólico, algo que da sentido a su propia existencia. Esto es posible por una construcción social que presupone tácitamente la disponibilidad de una mujer en los cuidados rutinarios. La pregunta que queda en el aire (y que nosotras no podemos responder por nadie) es si los hombres que desean ser padres están dispuestos a desear también todo lo que eso implica. 

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