Histéricas, inestables, locas: ¿quién nos puso la etiqueta?
Durante siglos, nos ha bastado con estar enfadadas, tristes, incómodas, exhaustas o, simplemente, no comportarnos como se esperaba de nosotras, para llamarnos locas y desacreditarnos.
Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, una jornada impulsada para poner el foco en combatir el estigma y reclamar una atención que responda a las necesidades de las personas con problemas de salud mental. La campaña de 2026 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que lleva como lema “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”, recuerda que las vivencias son también una forma de conocimiento y que los sistemas de salud mental funcionan mejor cuando quienes los utilizan participan en su construcción.
Esta idea nos lleva a revisar qué voces femeninas han sido escuchadas a lo largo de la historia, cuáles fueron silenciadas y cuántas fueron etiquetadas como locas por motivos que poco tenían que ver con una enfermedad. Porque la historia de la salud mental también es la historia de quién define lo que es normal y, durante mucho tiempo, si una mujer se alejaba de ello, la explicación parecía estar dentro de su cabeza antes que en el mundo que la rodeaba. Y esto no significa negar la enfermedad mental ni romantizar el sufrimiento. Significa preguntarnos cuánto de lo que hemos llamado locura pertenecía realmente a la enfermedad y cuánto a la mirada de una sociedad que durante siglos decidió qué podía sentir, decir y hacer una mujer sin dejar de considerarla “normal”.
La palabra loca no es un diagnóstico. Es una etiqueta. Y, durante mucho tiempo, ha servido para convertir en irracional una voz que incomodaba.
El útero errante
Remontémonos a la Grecia clásica. Entonces, estudiar la matriz no era una curiosidad médica aislada: asegurar la descendencia era una cuestión social y política, y buena parte de esa responsabilidad recaía sobre las mujeres. La medicina hipocrática, además, intentaba explicar las enfermedades desde causas naturales y no solo desde la intervención de los dioses. Pero los médicos trabajaban con un conocimiento anatómico limitado: observaban síntomas, fluidos y cuerpos desde fuera y trataban de reconstruir lo que ocurría dentro.
De ese cruce nació una explicación que hoy nos resulta insólita: si algo iba mal, quizá era porque el útero había abandonado su sitio. Así se recoge en el Corpus Hipocrático (siglos V y IV a.C.), donde se explica que un útero sin relaciones sexuales ni embarazos se queda sin humedad y, al resecarse, se desplaza por el cuerpo en busca de zonas más húmedas, como el hígado y el corazón. Y es ahí, fuera de su lugar, donde provoca sofocos, frío, cuadros que recuerdan a la epilepsia e incluso asfixia. Es lo que la tradición médica posterior denominaría “sofocación uterina”.


Esta idea llega se deja ver también en uno de los diálogos de madurez de Platón, ‘Timeo’, donde describe la matriz como “un animal ansioso de procrear”, que si pasa mucho tiempo sin dar fruto, se enfurece y anda errante por el cuerpo, cerrando el paso del aire.
¿Qué tratamientos se proponían para aliviar este útero errante? Casarse y quedarse embarazada. Todavía no nos llaman locas, pero ya vemos por dónde van los tiros: hombres explicando el cuerpo de las mujeres con una misma respuesta para síntomas muy distintos.
Diagnóstico: histeria
Con el paso de los siglos, el útero viajero se fue desvaneciendo, pero no la idea de que las mujeres enfermaban de otra manera. Las miradas se desplazaron hacia los nervios, el cerebro, la mente. Y, siglos después, apareció la palabrita que nos acompaña todavía: histeria, derivada del griego hystéra (útero).
En el siglo XIX, la histeria se convirtió en un problema que médicos y neurólogos se afanaron en describir, clasificar y explicar, casi siempre mirando a mujeres. Y ocurrió algo decisivo: su sufrimiento empezó a convertirse en espectáculo clínico. El escenario fue el hospital parisino de la Salpêtrière, donde el neurólogo francés Jean-Martin Charcot estudió la histeria a partir de la década de 1870 con un objetivo: demostrar que no era simulación ni un cajón de síntomas arbitrarios, sino una enfermedad con manifestaciones regulares.
Para ello clasificaba los ataques y los documentaba con la tecnología más moderna del momento, la fotografía: la ‘Iconographie photographique de la Salpêtrière’ muestra cuerpos arqueados, ojos cerrados, brazos rígidos. La cámara ya no servía solo para retratar, sino para diagnosticar. Y sus lecciones clínicas, abiertas a médicos y estudiantes, convirtieron la histeria en una enfermedad que se aprendía mirando cuerpos femeninos, con hipnosis y experimentos para provocar síntomas en una frontera muy fina entre ciencia y puesta en escena.
Charcot no pensaba necesariamente que aquellas mujeres estuvieran fingiendo. De hecho, una parte de su trabajo consistió precisamente en defender la realidad clínica de la histeria frente a quienes la consideraban una simulación. Con el tiempo, además, fue desplazando su explicación desde una causa estrictamente neurológica hacia cuestiones psicológicas. Pero ya teníamos la etiqueta bien pegada.


La enfermedad toma la palabra
Tras conocer a Charcot, Sigmund Freud publicó con el médico Josef Breuer ‘Estudios sobre la histeria’ (1895): los síntomas físicos podían ser expresión de conflictos psíquicos, vivencias traumáticas o ideas que habían quedado fuera de la conciencia. El cuerpo somatizaba lo que la mente no lograba procesar. Y se abre una grieta: la palabra empieza a tener valor terapéutico. La talking cure (cura por la palabra) consistía en escuchar a las pacientes. Fue una de ellas, Anna O. (seudónimo de Bertha Pappenheim), quien le dio ese nombre. Su caso se convirtió en relato fundacional del psicoanálisis, aunque la historiografía posterior lo ha revisado con ojo crítico. Pappenheim acabaría siendo pionera del trabajo social y activista feminista en Alemania.
Por primera vez importaba lo que una mujer decía sobre sí misma. Pero escuchar no significaba creer, ni compartir el poder de interpretar: la medicina seguía siendo androcéntrica y el relato de la paciente pasaba por el filtro de una teoría elaborada, en su inmensa mayoría, por hombres. Y de ahí la contradicción: ¿qué pasa cuando una mujer cuenta que su sufrimiento viene de fuera y el médico busca la causa dentro? La historiografía feminista ha señalado ese riesgo: convertir en patología individual lo que nacía, al menos en parte, de la falta de autonomía, la violencia, la desigualdad o las expectativas sobre cómo debía comportarse una mujer.
La historiadora Elaine Showalter, en ‘The Female Malady’ (1985), estudió justo eso: cómo las ideas culturales sobre el comportamiento femenino influyeron en la manera de definir y tratar la llamada locura de las mujeres. La falta de autonomía, la violencia, la desigualdad o las expectativas sobre cómo debía comportarse una mujer podían desaparecer del diagnóstico para reaparecer convertidas en conflictos internos. La enfermedad mental no se construye solo en una consulta: también la atraviesa lo que cada época cree que debe ser una mujer.
Y mientras la medicina afinaba sus categorías, las instituciones crecían. Los manicomios se convirtieron en lugares donde aquellas mujeres podían ser diagnosticadas, vigiladas y apartadas.


Locura y control social
España no fue ajena. En Galicia, el manicomio de Conxo abrió en 1885, y una investigación reciente sobre sus historiales (17 mujeres diagnosticadas de histeria hasta 1900) muestra que 13 eran solteras y que en la mayoría de los expedientes apenas se menciona algo que justifique el diagnóstico: sí, en cambio, relaciones antes del matrimonio o la tendencia a escaparse de casa.
El siglo XX no lo cambió tanto. Tras la Guerra Civil, Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del régimen, estudió a medio centenar de presas de la cárcel de Málaga para buscar bases patológicas en su ideología. Y entre 1941 y 1985, el Patronato de Protección a la Mujer, dependiente del Ministerio de Justicia, tuteló a chicas de entre 16 y 25 años que se salían del modelo de mujer que imponía el franquismo. Quienes se rebelaban en los reformatorios o eran acusadas de “comportamientos homosexuales u otras anomalías de orden mental” podían acabar en un psiquiátrico.
El Hospital Psiquiátrico de Miraflores (y lo que vieron quienes trabajaron allí)
Cinco años después de Conxo, se inauguró el Hospital Psiquiátrico de Miraflores se inauguró por impulso de Sor Úrsula de Villabaso, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, y cerró casi un siglo después, empujado por la reforma psiquiátrica. Ese lugar es el punto de partida de la última propuesta de La Rara, la compañía de teatro formada por Rocío Hoces y Julia Moyano. En 2022 emprendieron una investigación artística y documental sobre este centro, y tuvieron la oportunidad de entrevisatr a un gran número de profesionales que trabajaron allí y lucharon por su cierre.
De ese trabajo nace su obra ‘Órgia‘, que recoge esos testimonios mediante verbatim (teatro construido con palabras reales) y los combina con una autoficción en la que las propias creadoras hablan de sí mismas, a lo largo de tres líneas temporales: pasado, presente y futuro. El título es un guiño: en la Grecia antigua, orgia eran los actos colectivos en los que se revelaba una verdad espiritual, muy lejos de lo que entendemos hoy. Otra palabra griega torcida con el tiempo, como histeria. Y eso hace la obra con la locura: agitarla, cuestionarla y redefinirla.


Los testimonios que recoge dibujan un lugar donde ni lo más elemental, como una toalla propia, estaba garantizado. Una de las profesionales cuenta que una paciente llevaba unos veinte años sin verse la cara: al pasarle un espejito de bolso, se miró y rompió a llorar al no reconocerse. Para aquella trabajadora, allí no hacía falta ninguna terapia sofisticada, sino mejorar las condiciones de vida. Otro testimonio recuerda el papel de la medicación como herramienta de control: «no es porque tengas algo, es para que no hagas nada».
Y ahora, ¿quién decide?
Hoy casi nadie llama histérica a una mujer en una consulta, y en los últimos años hemos avanzado mucho en la manera de entender la salud mental. Pero conviene no cantar victoria. Cómo vivimos, con quién, cuánta autonomía tenemos, quién cuida y a quién cuidamos, cómo es nuestro trabajo, cómo habitamos nuestro cuerpo: todo eso también es salud mental, aunque no quepa en un diagnóstico.
No significa que todo sea contexto ni que la enfermedad no exista. Significa que a veces una pregunta a tiempo lo cambia casi todo: antes de preguntarnos qué le pasa a una mujer, preguntarnos qué le está pasando a su alrededor. Y quién decide cuándo está bien y cuándo no.
📍 Órgia, de La Rara, del 15 al 18 de octubre en la Sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía (Madrid).






























