Estar en el espectro asexual en un mundo obsesionado con el sexo
Descubre qué es la asexualidad, sus diferentes tipos y cómo saber si eres asexual en una sociedad donde el deseo sexual es la norma.
Solo hay que mirar alrededor para darse cuenta de que las relaciones parecen medirse por la cantidad y la calidad del sexo, aunque todas sepamos que no es así. El problema es que el sexo está demasiado idealizado y presente en todas partes, en la publicidad, en las series, en los grupos de WhatsApp y hasta en la idea de bienestar. En ese escenario, no desear se vive casi como una excentricidad, o peor aún, como la señal de que algo falla.
Vivimos rodeadas de un modelo de sexualidad que valida que disfrutar del sexo, quererlo a menudo y mantener una vida íntima intensa son pruebas de salud emocional y verdadera felicidad. Y, sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Hay mujeres que aman profundamente sin sentir deseo sexual, parejas que funcionan divinamente sin sexo durante años y relaciones que crecen desde la intimidad emocional, no desde la frecuencia de los encuentros íntimos. No encajar en el guion social puede resultar desconcertante cuando el mundo insiste en que lo normal es querer fo*** a todas horas.
Pero, ¿no tener ganas de sexo es lo mismo que ser asexual? Pues no necesariamente. A veces la falta de ganas solo refleja un agotamiento profundo, épocas de mucho estrés, etapas de desconexión o un deseo que nunca ha encajado del todo con las expectativas que teníamos aprendidas. No siempre es fácil interpretarlo. Como recuerda el INE en su Encuesta sobre Diversidad Sexual y de Género, «la orientación sexual describe la atracción afectiva o sexual hacia otras personas, independientemente de si existe o no actividad sexual». Pero esa distinción no siempre es tan evidente en la vida real porque a falta de libido se mezcla con otros inconvenientes de la vida y con el tipo de vínculo que mantenemos con nuestra pareja.
¿Cómo distinguimos entre una orientación y una etapa vital? ¿Es posible amar sin deseo sexual? ¿Se puede vivir en pareja sin sexo? ¿Qué significa realmente ser asexual?


¿Qué es la asexualidad? significado y conceptos clave
Para entender qué significa ser asexual hay que empezar por aclarar algo esencial. La asexualidad es una orientación sexual, no una pauta de deseo, ni una racha vital, ni una consecuencia directa del estrés. No se define por la frecuencia con la que tenemos relaciones sexuales, ni por la intensidad del deseo, ni por el interés en la vida íntima. Se define exclusivamente por la atracción sexual y por la dirección hacia la que se orienta o no esa atracción.
Las personas asexuales pueden sentir atracción romántica, pueden enamorarse, pueden mantener relaciones satisfactorias y pueden incluso tener sexo. Lo que no experimentan es atracción sexual hacia otras personas. Este matiz es importante porque desmonta de golpe la idea de que ser asexual es tener la libido baja o atravesar una etapa sin ganas. Como recuerda la Federación Estatal LGTBI+ en su glosario, la orientación sexual es “la atracción afectiva, física o sexual hacia otras personas, que no depende de la frecuencia del comportamiento sexual”.
Entonces, la asexualidad no es una ausencia de interés por el contacto físico, no es una renuncia, por supuesto, al cariño y no es, en absoluto, un problema físico. Es decir, no se cura, no se entrena y tampoco se activa con la pareja adecuada. Simplemente es una forma válida de orientación en la que la atracción sexual no aparece o lo hace de manera muy distinta a lo socialmente esperado.


Cómo saber si soy asexual señales y autoconocimiento
Si llevo meses sin tener deseo, ¿significa que soy asexual? Si me cuesta activar el deseo salvo en momentos de conexión profunda, ¿es demisexualidad? Si con el tiempo siento menos ganas, ¿tengo un problema?
La respuesta es siempre NO. Muchas mujeres sienten el deseo solo cuando se dan ciertas condiciones, no como un impulso inmediato. Cuanto más estrés, más carga física y mental, más exigencias y más ausencia de descanso, más cuesta que aparezca la libido. En estos casos, se trata de una reacción normal, nada que ver con una orientación sexual. Y es que el deseo femenino se activa a menudo en contextos de calma emocional y seguridad, no por impulso inmediato y, ese patrón, puede confundirse con asexualidad si no se distingue bien entre atracción y deseo.
Ahora bien, cuando no se siente atracción sexual hacia otras personas, más allá de si se tiene o no pareja, no se ha sentido atracción sexual en ningún momento de la vida, se vive la sexualidad sin interés por la parte sexual pero con interés por otras formas de vínculo y se siente presión incómoda por la expectativa social de desear. Ahí, podríamos estar hablando de asexualidad.
La clave no está en cuántas ganas tienes, sino en qué lugar ocupa la atracción sexual en tu experiencia emocional. Y en si esa ausencia de atracción es estable, profunda y no depende de las circunstancias.
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Tipos de asexualidad: un espectro muy diverso
Ahora bien, hablar de asexualidad no es hablar de una única vivencia. Hay muchos tipos de asexualidad y todos son válidos:
- Grey asexualidad: la atracción sexual aparece de forma muy puntual o muy débil.
- Demisexualidad: solo surge atracción sexual en contextos de conexión emocional profunda.
- Cupiosexualidad: hay interés por mantener relaciones aunque no exista atracción sexual.
- Aegosexualidad: puede existir interés en la fantasía pero no en participar activamente.
Dentro de este amplio espectro de asexualidad, existen, obviamente, muchas diferencias culturales y de género. En el caso de las mujeres, el deseo está profundamente atravesado por la socialización. Desde pequeñas aprendemos a cuidar, a vincular, a priorizar la emocionalidad y a dejar en segundo plano la iniciativa sexual. Según el Instituto de la Mujer, “las mujeres aprenden a priorizar el cuidado y el vínculo afectivo por encima de la iniciativa sexual, lo que condiciona la expresión del deseo”. Esta forma de desear, más dependiente del contexto y del estado emocional, puede confundirse en ocasiones con orientaciones como la demisexualidad, aunque en realidad responde a cómo hemos sido educadas y no a una identidad sexual.
Si hablamos de relaciones de pareja entre mujeres el panorama también tiene matices propios. La investigación académica muestra que el sexo suele disminuir con el tiempo, igual que ocurre en parejas de distinto género, pero no por eso la relación pierde calidad. De hecho, como explico la socióloga Raquel Osborne, “las parejas de mujeres construyen la intimidad desde otros códigos que no pasan necesariamente por la frecuencia sexual” . Lejos de ser un problema, muchas de estas parejas entre mujeres sostienen su vínculo en la comunicación, el apoyo mutuo y la complicidad emocional.
En las parejas formadas por hombres la dinámica suele ser distinta. En general, las parejas masculinas conceden un papel mucho más importante al sexo y mantienen una frecuencia sexual más alta, especialmente en los primeros años de relación. Esto no significa que sus relaciones sean menos estables o que su profundidad emocional sea menor, sino que la socialización masculina favorece una relación más directa con el deseo, menos condicionada por la carga emocional o por el mandato del cuidado.


Asexualidad en la sociedad o cómo romper el tabú del deber desear
Hablar de asexualidad en un mundo que glorifica el sexo no es sencillo. Todo lo relacionado con el deseo parece una medida de salud, de autoestima, de pareja e incluso de identidad. Desear es casi obligatorio y, por eso, no desear se vive, casi siempre, en la sombra.
Para muchas personas asexuales esta presión no solo genera incomprensión, también culpa. Y para muchas mujeres que no son asexuales, pero atraviesan etapas sin deseo, la experiencia es muy parecida. La cultura que nos rodea tiene un mensaje claro. Si no quieres mambo, algo te pasa.
“El mandato de disponibilidad sexual sigue recayendo sobre las mujeres, incluso cuando su deseo no está presente”, afirman desde el Instituto de la Mujer. Esta exigencia invisible pesa porque atraviesa nuestra educación, las expectativas de pareja y la forma en la que entendemos la intimidad, porque hemos aprendido a fuego que querer es desear y que no desear es decepcionar a alguien. A veces incluso se confunde el vínculo emocional con la obligación de que el deseo aparezca porque sí.
La confusión entre deseo, vínculo y orientación ha llevado a que muchas mujeres se pregunten si son asexuales sin serlo pero el hecho cierto es que sentir deseo solo en contextos de conexión profunda es una forma común de desear, no una orientación. De la misma manera que amar profundamente sin querer sexo no convierte automáticamente a nadie en asexual. En realidad, las identidades dentro del espectro asexual no hablan de cómo necesitamos vincularnos, sino de cómo experimentamos la atracción sexual.
Vivir sin deseo sexual también es posible en una relación. Hay muchas parejas que se sienten plenamente unidas sin sexo y también parejas en las que una persona es asexual y la otra no, y consiguen encontrar fórmulas validas que respetan a ambas partes. A veces se redefine la intimidad, a veces se pactan acuerdos y a veces la vida funciona con normalidad sin necesidad de colocar el sexo en el centro del universo. Lo único que se puede afirmar es que no hay una única forma correcta de relacionarse y que la sexualidad no define nuestra capacidad de amar, ni nuestra valía, ni nuestra forma de estar en el mundo.



























