El privilegio de cuidarse: bienestar, salud y belleza solo para unas pocas
¿Cuánto cuesta cuidarse? ¿Es un lujo?
Dormir ocho horas, hacer ejercicio al menos tres veces por semana, meditar, ir a terapia, skincare por la mañana y la noche, 10.000 pasos, 5 piezas de fruta al día. Cuidarse se ha convertido en uno de los grandes mandatos contemporáneos. El bienestar ocupa las redes sociales, los medios de comunicación, los discursos aspiracionales. Pero esta to do list diaria, además de ser infinita, esconde un marcador no tan evidente de estatus. Cuidarse hoy en día, más que pura voluntad, es una cuestión de acceso que evidencia una brecha de clase: no todas las personas partimos del mismo lugar (tampoco) cuando se trata de salud, wellness y autocuidado.


¿Por qué cuidarse parece un lujo hoy?
Aunque quizá a priori quizá no se te habría ocurrido relacionar el cuidado con el lujo, están muy unidos. Sí, existen diferentes gamas en el bienestar y puede que algunas actividades parezcan gratis y accesibles para todo el mundo. Pero la realidad es que en el momento en el que se implican el tiempo y el espacio (además de la capacidad económica, of course) estamos ante un privilegio. No solo es el coste de la vivienda, la cesta de la compra y los productos más básicos. También son las jornadas infinitas, los trayectos, el cuidado de otras personas, la cultura de la productividad y disponibilidad permanente. El descanso es un acto casi subversivo. El ocio es revolucionario. Y no siempre es una opción. Cuando el sueldo íntegro se destina a sobrevivir, el autocuidado es reactivo. Cuidamos lo urgente, no lo ideal.
Dormir suficiente, dedicar tiempo a cocinar con calma y con alimentos nutritivos o entrenar con regularidad no son hábitos universales, son privilegios.
El bienestar y el autocuidado no pueden entenderse únicamente como decisiones individuales o hábitos personales. En primer lugar, porque el tiempo es un recurso distribuido de manera desigual. Quienes tienen jornadas laborales interminables (o trabajan a turnos, o de noche, o los fines de semana…), tienen empleos precarios o combinan múltiples trabajos para sobrevivir no saben lo que es el tiempo libre. Mucho menos si a eso le sumamos el trabajo doméstico y los cuidados no remunerados, que ya sabemos sobre quién suele recaer. En estas condiciones, descansar, hacer ejercicio, ir a terapia o simplemente “desconectar” no es ni siquiera una elección.


Alimentarse de forma saludable, practicar actividades recreativas e incluso vivir en entornos seguros y no contaminados implica un coste. No todas las personas tienen cerca centros de salud accesibles, espacios verdes, transporte eficiente o redes de apoyo comunitario. El lugar donde se nace y se vive condiciona fuertemente las oportunidades. Y es un círculo vicioso: a mayores recursos, más facilidades. Y a la inversa, claro.
La industria del bienestar y sus prioridades
El bienestar es una de las industrias con mayor crecimiento a nivel global. Lo vemos a través de las redes sociales, pero también en nuestros barrios y en las propuestas de ocio para quienes vivimos en entornos urbanos. Gimnasios donde no solo entrenar, sino también tomar un smoothie detox o un matcha y utilizar todo tipo de productos premium en los vestuarios y duchas, retiros de mindfulness a los que solo les falta la «pulserita» de todo incluido, terapias alternativas, suplementos alimenticios, manicuras impresionantes. La narrativa es la siguiente: si no estás bien, es porque no quieres. O porque no haces lo suficiente. Otra vez la responsabilidad individual. Fuera de este encuadre queda todo lo demás que nos define y limita: dónde vivimos, cuánto cobramos, de quién nos ocupamos, qué tiempo realmente libre tenemos.


Nuestro cuerpo parece uno de los pocos territorios donde podemos ejercer el control. Si todo lo demás falla, el cuerpo responde. Pero no es así. No todos los cuerpos partimos del mismo lugar. Gestionar este bienestar exige recursos: tiempo, dinero, información, acceso.
El bienestar contemporáneo es performativo. Se muestra. Se narra. Se fotografía. Café de especialidad y tostada de aguacate, journaling, piel glowy, energía constante. El malestar, en cambio, se privatiza. El cansancio se gestiona en silencio. La ansiedad es vista casi como un fallo personal.
Tratamientos estéticos: ¿salud o apariencia?
El bienestar se disfraza de derecho universal, pero no es más que otro filtro atravesado por la clase. Y por el género. A las mujeres se nos exige más, y, a la vez, partimos de una situación estructural desventajosa: nuestros salarios son más bajos y nuestro tiempo suele estar supeditado al cuidado de otros (o a que otros disfruten de su ocio mientras nosotras nos encargamos de todo). El bienestar femenino se construye sobre una paradoja: cuidarse sin dejar de cuidar. Por no hablar de esta nueva presión estética disfrazada de salud, equilibrio o autocontrol.


Sí, amigas: nos la han vuelto a colar. La estética está totalmente integrada en el lenguaje del autocuidado. Ya habíamos superado ciertas exigencias (o estábamos en camino) y, de repente, zas: son prevención, son salud, son higiene emocional. La presión por tener un cuerpo joven y funcional ahora parece una elección libre, pero, ¿lo es?
Nutrición, deporte y fertilidad: ¿quién puede pagarlo todo?
Comer bien ya no es solo alimentarse, sino elegir productos frescos, de temporada, adaptados a intolerancias o necesidades específicas. Hacer alguna actividad física significa tener un personal trainer, ir al fisio, utilizar ropa adecuada (¡y bonita!), tener todo tipo de gadgets y apps donde registrar los entrenos y medirse. Una y otra vez. ¿Cuánto tiempo y cuánto dinero supone esto al mes? ¿Está realmente al alcance de todos los bolsillos y realidades dedicar tiempo a este supuesto cuidado, invertir una parte del salario es estar fit y comer healthy?
Otro ámbito donde la desigualdad es evidente (y que nos interpela directamente) es la fertilidad: congelar óvulos, acceder a tratamientos de reproducción asistida o contar con un seguimiento hormonal especializado implica tomar decisiones condicionadas por la economía. Decisiones que no están en todas las manos.


¿Hay alternativas accesibles?
Mientras unas personas optimizan sus rutinas, otras apenas logran sostener las jornadas. El cansancio deja de ser una consecuencia para convertirse en una condición estructural muy condicionada por el salario, el tipo de trabajo, la vivienda, la familia. En muchos contextos pedir (o exigir) autocuidado es una forma de violencia simbólica. Porque no todas podemos parar. Porque no todas podemos elegir. Pero la exigencia está ahí para alimentar esta tensión entre el deseo de “cuidarse” y la imposibilidad material de hacerlo.
La pregunta llegadas a este punto es: ¿pueden los cuidados ser colectivos? Y sí, podría serlo: atención primaria fuerte, acceso real a la salud mental, espacios públicos seguros, educación nutricional realista.
Pensar el bienestar como un derecho implica cambiar el enfoque, porque en ese caso requiere universalidad. Mientras eso llega, existen iniciativas comunitarias a menudo gestionadas por las propias vecinas, como actividades gratuitas, grupos de apoyo, redes de información. No son (porque no deben serlo) un sustituto del sistema que necesitamos, pero sí pueden ser espacios donde sentirse arropada o donde construir, aunque sea a pequeña escala, una suerte de mundo ideal donde el bienestar no es excluyente.


Considerar el bienestar como un privilegio nos permite cuestionar su aparente despolitización. Si solo algunas personas pueden acceder a él, tenemos un problema de justicia social, no un asunto privado. Reconocer que cuidarse hoy en día es un lujo no desvaloriza su importancia, simplemente evidencia que no depende del esfuerzo individual.



























