Mujeres y drogas: el hueco que la ciencia (y la cultura) llevan décadas sin llenar
Ciencia, cultura y ocio nocturno llevan décadas mirando hacia un cuerpo que no es el nuestro. Esto es lo que sabemos (y lo que aún no) sobre cómo nos afectan las drogas a las mujeres
Del ‘Trainspotting’ de Irvine Welsh al ‘Miedo y asco en las Vegas’ de Hunter S. Thompson, pasando por Lou Reed cantándole a la heroína como quien canta a una amante: casi todo lo que la cultura nos ha contado sobre las drogas está narrado por hombres, protagonizado por hombres, sobre cuerpos de hombres. A nosotras, cuando aparecemos, nos toca el papel de loca o de víctima. No solemos ser las protagonistas de las historias de drogas (aunque la serie Euphoria, por ejemplo, ha puesto en el centro a Rue y sus adicciones). En la vida real, si combinamos la palabra «mujer» y «drogas», más que información o referentes, la asociación natural es que salten las alarmas: cuidado con la copa.
Lo que casi nadie nos cuenta es qué pasa con nuestro cuerpo, con nuestras hormonas, con nuestra propia vida cuando el consumo se va de las manos. Para llenar este vacío, empiezan a surgir voces como la de Judith @myselfandheize, que se define como exyonqui y que habla de su adicción a las drogas sin tapujos, al igual que de su proceso (aún en marcha) de rehabilitación.
No te esperes un relato de redención. Solo su historia en crudo. El consumo de porros, ketamina, cocaína, heroína inyectada… y cómo las drogas le arrebataron el control de su vida. Porque, más allá del dinero y de la salud, la adicción también te puede quitar la libertad, el futuro y tu red de apoyo (porque hay gente de tu entorno que decide no tolerar que les mientas o hagas daño).


El estándar por defecto no somos nosotras
Durante décadas, la ciencia ha estudiado las drogas y su consumo desde el cuerpo masculino. No es una interpretación libre, es literal: buena parte de los ensayos clínicos y estudios sobre adicciones se han hecho históricamente con muestras de hombres, y los pocos que sí incluían mujeres casi siempre lo hacían para mirar un único perfil: el de la adicta a la heroína o al alcohol en tratamiento, casi nunca el de la mujer que se toma una raya un sábado cualquiera. Todo lo demás (el consumo ocasional un fin de semana o en una fiesta) se ha quedado, casi siempre, sin preguntar.
Hablamos sobre esto con Alicia Bustos Vargas, coordinadora de Energy Control en Baleares, un programa de intervención desde la reducción de riesgos en el ámbito de los consumos recreativos de drogas de la Asociación Bienestar y Desarrollo (ABD). Su respuesta no deja lugar a dudas: «si no usamos el género como una de las herramientas de análisis cuando se planea un estudio, se desarrolla y se analizan los resultados, resulta difícil y poco científico responder a los porqués de las diferencias que encontramos«. Hace más de una década, abordaron este vacío con una encuesta a 580 mujeres consumidoras recreativas en España que, a día de hoy, sigue siendo una de las radiografías más completas sobre el tema en español. En el informe se aprecia la idea de que el propio cuerpo, el propio ciclo, la propia experiencia, casi nunca habían sido parte de la conversación.


Según Bustos Vargas seguimos necesitando información, a pesar de que cada vez menos gente crea que la necesita. Continúa vigente el mensaje de conocerse y decidir por una misma (porque muchas veces no somos nosotras las que elegimos la sustancia, la dosis o el momento, sino que dejamos que sea otra persona quien lo haga) y algo que rara vez se cuenta: que las drogas también interactúan con medicamentos, desde la píldora anticonceptiva hasta los ansiolíticos o antidepresivos.
Sigue siendo válida la invasión del baboso: nos siguen acorralando en los bailes, nos miran lascivamente, nos tocan el cuerpo sin preguntar, nos siguen llamando calientapollas si iniciamos algún tipo de relación con contenido sexual y luego decidimos pararla y nos siguen llamando comebolsas si aceptamos sustancias y no damos a cambio nuestro cuerpo (ah, ¿que era una invitación con segundas intenciones no expresadas claramente?). Ocio y violencias van de la mano demasiado a menudo.
La coordinadora admite que no cuentan con ningún estudio actual que les permita constatar o ampliar la información que recogieron entonces. Sí hay, eso sí, datos más recientes y parciales. En 2024, encontraron una mayor presencia de mujeres en el consumo de MDMA y speed, pero no porque les guste más, sino por una estrategia de autoprotección: “sentimos una percepción de mayor vulnerabilidad frente a las agresiones sexuales en los espacios de fiesta y una forma de no bajar la guardia es colocarnos menos o mantenernos despiertas y en alerta con estimulantes como las anfetaminas o las bebidas energéticas”, explica. Al año siguiente, se añadió otra variable a la ecuación: las mujeres destacaron especialmente en usos de benzodiacepinas y otros fármacos, que no se usan en contextos de ocio, pero que pueden tener interacción con las sustancias que sí se usan de fiesta. “Estos resultados tienen que ver con la medicalización del malestar y los factores sociales que pueden favorecer un mayor uso o mayor dispensación médica de benzodiacepinas entre las mujeres debido al sesgo de género en salud”, aclara.


El género y el sexo afectan
Por una parte, tenemos lo construido socialmente: el estigma de las mujeres que consumen versus la mayor normalización entre ellos, la penalización, la percepción de ser aún más vulnerables (algo que se percibe interna y externamente). “Nos siguen viendo como presas fáciles si vamos ciegas”, apunta la Bustos Vargas. Todo esto repercute en que tendemos a invisibilizar los consumos e incluso a esconderlos. También tenemos diferentes motivos para consumir. Por otra parte, la biología de cada sexo: los ritmos de metabolización, las hormonas que tenemos en cada momento, el ciclo menstrual, la fertilidad, el embarazo, la lactancia, la perimenopausia y la menopausia.
No estudiar las diferencias en el consumo por género y sexo supone mucho más que un mero vacío académico. Es algo que trasciende a la vida real: mujeres con adicción a las que les cuesta de media varios años más que a los hombres pedir ayuda, por la vergüenza añadida de un cuerpo femenino que «no debería» consumir. Mujeres que, en una sobredosis de opioides, tienen menos probabilidades que un hombre de recibir a tiempo la naloxona que les puede salvar la vida, y no porque la sustancia actúe distinto, sino porque nadie pensó en nosotras al diseñar el protocolo. Políticas de drogas enteras que, cuando mencionan a las mujeres, lo hacen solo en tres papeles: trabajadora sexual, víctima de violencia machista o estadística de sobredosis.
Tolerancia, efectos y sobredosis: lo que dice (y lo que no) la ciencia
Empecemos por la tolerancia, porque aquí sí hay evidencia que ha empezado a acumularse en los últimos años. Una revisión publicada en 2023 en la revista científica Pharmacological Reviews describe lo que se conoce como telescoping effect (efecto telescopio): en varias sustancias —opioides, estimulantes, alcohol, cannabis— las mujeres tienden a cumplir los criterios de un trastorno por consumo, o a llegar a pedir tratamiento, tras menos años de consumo que los hombres. No es que aguantemos peor por debilidad: los autores apuntan a que el estradiol podría intensificar la respuesta del circuito cerebral de recompensa (la liberación de dopamina asociada al consumo), lo que haría que el proceso de enganche avance más rápido en cuerpos con más presencia de esta hormona. Dicho de otra forma: la sustancia podría no sentirse distinta al principio, pero el camino hacia la dependencia parece más corto.
Sobre si los efectos se notan de forma distinta, la evidencia también existe, aunque con matices y solo para algunas sustancias. Un estudio de la Universidad de Columbia publicado en 2006 en Neuropsychopharmacology encontró que administrar progesterona a mujeres durante la fase folicular del ciclo (cuando esta hormona está naturalmente baja) atenuaba el «subidón» subjetivo de la cocaína fumada, mientras que en los hombres apenas cambiaba nada. Esto sugiere que la progesterona podría actuar casi como un amortiguador natural del efecto estimulante en ciertos momentos del ciclo. Y sobre el alcohol, una revisión de 2022 publicada en Frontiers in Global Women’s Health confirma que, con la misma cantidad ingerida, las mujeres tienden a alcanzar una concentración de alcohol en sangre más alta, por la combinación de un menor porcentaje de agua corporal y un metabolismo hepático de primer paso distinto. En la práctica, esto se traduce en menos margen antes de llegar a la intoxicación.
¿Y la sobredosis? Aquí es donde hay que ser más honestas: no existe, en la literatura científica publicada, un umbral de dosis «femenino» establecido para ninguna sustancia, y cualquier cifra concreta sería inventada. Lo que sí hay es evidencia de que el cuerpo responde de forma distinta una vez que ocurre. Un estudio de 2025 publicado en Journal of Nuclear Medicine, con pruebas de imagen cerebral (PET) en 13 personas, encontró que la naloxona (el fármaco que revierte una sobredosis de opioides) se une con más fuerza a los receptores opioides en cerebros de mujeres que en los de hombres, lo que llevó a las autoras a plantear que los protocolos de dosificación actuales, calculados de forma estandarizada por peso corporal, podrían no estar ajustados a estas diferencias.
Y hay un dato que conviene matizar, porque contradice la narrativa fácil: según los datos que recoge el Observatorio Europeo de las Drogas (EUDA), los hombres siguen siendo mayoría en las muertes por sobredosis en Europa (en torno al 78% frente al 22% de mujeres en 2023) y mueren, de media, a edades más jóvenes. Pero entre las mujeres que fallecen por sobredosis, la proporción de casos con intención suicida documentada es mayor, y entre las mujeres de más edad, las muertes suelen implicar con más frecuencia combinaciones con metadona o benzodiacepinas: los mismos fármacos que, como veíamos antes, se prescriben más a mujeres. Es decir: la pregunta «qué cantidad es más peligrosa para una mujer» no tiene todavía una respuesta cerrada, pero sí hay patrones claros sobre qué combinaciones y qué circunstancias concretas aumentan el riesgo en nuestro caso.
Lo que sí sabemos
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Que el cuerpo femenino metaboliza el alcohol distinto: más grasa corporal, menos agua, así que la misma copa pega más fuerte y más rápido. Es la razón por la que la OMS fija umbrales de riesgo distintos según el sexo.
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Que hay indicios de que el ciclo hormonal puede cambiar cómo se siente el efecto de estimulantes como la cocaína o el speed. Bustos Vargas matiza que «los estudios disponibles no apoyan claramente que las diferencias de respuesta (…) se deban a que el organismo absorba, distribuya o elimine la sustancia de forma diferente según la fase del ciclo». Lo que varía, según la evidencia actual, es la experiencia subjetiva. No hay una fase del mes «más peligrosa» para consumir, solo distinta. Y ni siquiera está claro que sea cosa solo del estrógeno, «parece ser que la progesterona también tiene un papel relevante».
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Que el sesgo también es logístico. El informe «Mujeres, Drogas y Fiesta» recogía que el 85% de las mujeres encuestadas conocía la idea de que es más seguro que sea una chica quien lleve la droga del grupo, porque hay menos probabilidad de que la registre la policía. La coordinadora desmonta el mito y añade que «en el caso de que nos pillen con algo que no es nuestro (…) de nada va a servir decir esto no es mío«.
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Que, según una revisión de 2023 publicada en Pharmacological Reviews, las mujeres tienden a desarrollar un trastorno por consumo tras menos años de exposición a la sustancia que los hombres (el telescoping effect), posiblemente por la forma en la que el estradiol interactúa con el circuito de recompensa cerebral.
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Que, en una sobredosis de opioides, la naloxona (el antídoto) se comporta distinto en el cerebro de una mujer, según un estudio de 2025 con pruebas de imagen (PET) publicado en Journal of Nuclear Medicine. Los protocolos de dosificación actuales se calculan solo por peso corporal.
Lo que no sabemos (todavía)
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Sobre la migraña, ciertas enfermedades crónicas o la interacción exacta con nuestro propio ciclo, la respuesta sigue siendo, literalmente, que no hay suficiente evidencia. Buena parte de los estudios que sí tienen en cuenta el ciclo menstrual se centran en consumos problemáticos o en embarazo, no en el consumo recreativo ocasional que hace la mayoría.
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En muchos estudios generales sobre drogas, las mujeres directamente quedan fuera por la variabilidad hormonal que aportan. Precisamente lo que sería interesante conocer es el motivo de exclusión
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No existe, a día de hoy, un umbral de dosis específico por sexo para ninguna sustancia. La ciencia todavía no puede decirnos «a partir de qué cantidad» el riesgo se dispara de forma diferente para una mujer, solo que el riesgo global es distinto.


Sumisión química: sobre el «cuidado con la copa»
Pero hablemos de una vez del elefante en la habitación. El gran fallo de la prevención es dónde se pone el foco de atención: “se sigue difundiendo más la idea de que nosotras tenemos que protegernos de un hombre «desconocido» porque nos va a poner droga en la bebida, y se inventan tapavasos o pintauñas que identifican sustancias», señala la coordinadora. Con frecuencia, hablar de mujeres y drogas suele ser hablar de sumisión química, de hombres seguramente cercanos que quieren ejercer violencia contra nosotras y utilizan sustancias que se lo pongan más fácil. Estas conductas responden a una estructura social a la que estamos tristemente acostumbradas.
Hemos crecido con ese mensaje: ten cuidado con lo que otro te puede hacer. “En muchas ocasiones, las mujeres e identidades disidentes asumimos la gestión de la amenaza de manera individualizada. Y, si después te apetece hacer algo al respecto, hay diferentes vías, pero la mayoría suponen sentirte culpable por no haberte protegido lo suficiente”, explica la entrevistada.
El término sumisión química, añade, ni siquiera es útil: «no nos dice mucho, ni qué ha pasado, ni cómo ha sido, ni quién ha ejercido violencia, ni quién la ha recibido». Su propuesta es otra manera de nombrarlo (violencias ejercidas aprovechando el consumo de sustancias, voluntario o no) que pone el peso donde debería estar puesto: en quien agrede, no en la sustancia. Porque «haber consumido sustancias no da licencias ni justifica comportamientos violentos o fuera de lugar«, recuerda.
Basta ya de vivir en una sociedad que enseña a las mujeres a cuidarse de no ser violadas, en vez de enseñar a los hombres a no violar. Además, nos cuesta responsabilizar a quienes agreden (precisamente porque les conocemos o porque nos arriesgamos a algunas consecuencias por su parte) y acaban formando parte de anécdota o de relatos que solo compartimos cuando estamos en espacios seguros
Y si necesitas ayuda (o conoces a alguien que la necesite)…
Este artículo no es una guía de consumo ni banaliza el consumo de drogas. Al revés. Es una denuncia a un vacío que existe y nos afecta. Te dejamos algunos recursos por si algo de lo que has leído te ha tocado de cerca (a ti o a alguien de tu entorno):
- Si quieres información sin juicios, para ti o para alguien cercano: Energy Control analiza sustancias y resuelve dudas de forma confidencial.
- Si estás pensando en pedir ayuda: Proyecto Hombre acompaña procesos de tratamiento. Hazlo hoy mejor que mañana.
- Si quieres seguir tirando del hilo de todo lo que hemos contado aquí: Red Género, Drogas y Adicciones, un espacio conformado por varias ONG con largo recorrido en el ámbito de las drogodependencia en las distintas regiones de España, y apoyado por el Plan Nacional sobre Drogas, que aborda las desigualdades y discriminaciones que sufren las mujeres que consumen,y los recursos disponibles en el Portal del Plan Nacional sobre Drogas al respecto.






























