Las mujeres que eligieron vivir juntas para vivir más (y mejor)
La ciencia lleva décadas diciéndolo: no es la dieta, ni el ejercicio. Es con quién compartes la vida
Hagamos números. Tu relación más larga (la que lleva más años activa, la que ha sobrevivido a más mudanzas, rupturas y crisis cumpleañeras que cualquier otra) es la que tienes con tu amiga (o amigas) de toda la vida. Y sin embargo en la jerarquía oficial de los vínculos “serios” no consta. No está en el WhatsApp de tu familia. Tú no estás en el de la suya. No hay aniversario ni casilla que rellenar en ningún formulario del médico. Si mañana te pasa algo, no tiene derecho legal a faltar al trabajo para cuidarte. Y si te vas sin testamento, no hereda ni tus libros, ni tus vestidos, ni nada, por mucho que haya sido ella quien te ha sujetado el pelo y la mano más veces que nadie. En realidad, visto así, es raro, ¿no? Que la relación con más horas de vuelo sea también la más invisible sobre el papel.
La amistad (y muy especialmente la amistad entre mujeres) está reclamando el centro del mapa, no el margen. Desde la psicología relacional, lo romántico llevaba décadas ocupando el eje central de la vida adulta, pero ese modelo se está transformando: las relaciones entre amigas están ganando terreno como vínculo emocional principal. No es que hayamos dejado de creer en ese tipo de amor, es que hemos dejado de creer que solo existe ese modelo de vida.


De la idea loca al contrato de alquiler
¿Estamos construyendo nuestras vidas alrededor del vínculo adecuado? O dicho de otra manera, ¿alguna vez, ya sea medio en broma medio en serio y/o con una copa de vino en la mano, en vuestro grupo de amigas habéis mencionado la posibilidad de acabar viviendo juntas en una suerte de comunidad femenina alejada del clásico esquema heterosexual de pareja y familia? Pues algunas mujeres se ve que dijeron aquello de “sujétame el cubata” y lo llevaron a cabo.
En Chipping Barnet, un barrio residencial a las afueras de Londres, hay un edificio con 25 apartamentos. Cada uno tiene su propia llave, su propio salón, su propia vida. Pero a dos pasos de la puerta hay un cine, una cocina que se comparte y un huerto que se riega por turnos. Ahí viven, desde hace años, mujeres de entre 58 y 94 años. Ninguna es pariente de otra. Ninguna vive ahí porque no tuviera más remedio. Todas eligieron esto. Se llama New Ground y es la primera comunidad de este tipo en Reino Unido. No es una residencia. No es una comuna. Es una forma de vivir y compartir espacio —lo que se conoce como cohousing: viviendas privadas e independientes combinadas con zonas comunes que se gestionan entre todas— que nace de un deseo tan simple como radical: no vivir (ni envejecer) solas.
Y aquí es donde normalmente alguien ladea la cabeza y dice “oh, qué bonito, como en una peli”. Vale, sí, un poco. Pero resulta que detrás de la escena del huerto compartido hay algo mucho menos ñoño: décadas de ciencia diciéndonos, con datos y con nombre y apellido, que esto no es un capricho estético de señoras con posibles. Es prevención.


La parte de Ikigai que nadie te cuenta
Si has escuchado el término ‘Ikigai’ seguramente lo ubicas en la sección de autoayuda de la librería y te viene a la cabeza una infografía con cuatro círculos que te invitan nada menos que a “encontrar tu propósito”. Fijarse solo en esas cuatro intersecciones (tu pasión, tu vocación, tu misión, tu profesión) es quedarse en la superficie. No importa únicamente aquello que te propones en solitario, sino de quién te acompañas en ese camino. Okinawa es la cuna de esta idea y una de las blue zones, un concepto demográfico que señala aquellos lugares donde sus habitantes viven más tiempo con buena salud. Aquí, el propósito vital se enmarca ineludiblemente en las redes de apoyo llamadas moai. Son grupos de referencia, muchas veces de toda la vida, que se reúnen y apoyan tanto económica como emocionalmente.
Esto impacta en la longevidad, de la misma manera que lo contrario lo hace en la mortalidad. Así lo demostró la profesora de psicología y neurociencia Julianne Holt-Lunstad con un metaanálisis de 3,4 millones de personas en 2015: vivir en aislamiento se asocia a un aumento de entre el 29% y el 32% del riesgo de muerte prematura. Por si hiciera falta más confirmación, el estudio más largo jamás realizado sobre desarrollo adulto (85 años siguiendo a las mismas personas) llegó a la misma conclusión desde otro ángulo: el mejor aliado de una vejez sana y feliz no es el nivel de colesterol, ni el dinero, ni el éxito (whatever it means). Es la calidad de tus vínculos.
No estamos hablando de una tendencia tierna de señoras que se han hecho amigas a fuerza de coincidir en pilates. Estamos hablando de mujeres que se han dado cuenta de que los vínculos sociales pesan tanto como lo que comen o lo que se mueven, y han decidido tomar partido.
España también tiene sus Chicas de Oro
Quizá llegado este punto todo esto te está sonando muy lejano, como a algo de otros países, de otras sociedades. Pero este fenómeno está más cerca de lo que crees. El estudio MOVICOMA, de la Universitat Oberta de Catalunya, ha estado rastreando el perfil y las motivaciones de las mujeres que se están apuntando al cohousing senior en nuestro país, y ha llegado a la conclusión de que quienes optan por esta alternativa en su madurez prefieren vivir con sus amigas antes que con sus hijos. No es desprecio a la familia, ni mucho menos. Es, simplemente, elegir una compañía con la que se comparten otras cosas que no son lazos de sangre: vivencias, referencias, sentido del humor. Sentir, quizá, más pertenencia.




Ojo, que no hace falta esperar a ser una octogenaria para plantearse esto. Hanne Nuutinen lo ha llevado a un formato mucho más flexible con La Joie Home Base: un coliving temporal —convivir en un espacio compartido durante una temporada, sin la permanencia ni la propiedad que implica el cohousing— pensado para mujeres a partir de los 50 que no quieren (o no pueden, o no les apetece todavía) comprometerse con una comunidad fija, pero que sí quieren probar, aunque sea unas semanas, qué se siente al compartir espacio y tiempo de esta forma.
Por qué es (sobre todo) un fenómeno de mujeres
Ahora bien: todo esto que hemos mencionado tiene un denominador común que no podemos pasar por alto. El cohousing de diseño, el coliving temporal y las urbanizaciones pensadas para esta forma de vivir necesitan cierto capital para ponerse en marcha. En España, la pensión media de las mujeres es notablemente inferior a la de los hombres: según el Consejo Económico y Social, ronda un 32% menos (1.026,5 € frente a 1.510,3 € mensuales). La comunidad, en ese contexto, no es solo bienestar: es también estrategia de supervivencia. Compartir gastos, compartir cuidados, compartir red. No todo tiene un velo lifestyle. También hay un componente de necesidad real.
Pero, ¿y si esa vida en comunidad no pasara necesariamente por hacer las maletas? Se puede cultivar sin salir de casa: poniendo por delante el cuidado y la conexión con lo que nos rodea, frenando la hiperproductividad y la prisa de la ciudad, y haciendo sitio también a identidades más vulnerabilizadas o no normativas. Ese es el planteamiento con el que surge La Refugia, una escuela rural intergeneracional que se puso en marcha en 2023 de la mano de Alicia Álvarez Vaquero, doctora en comunicación y gestora cultural, y su primo, Saúl de Cruz, especializado en comunicación, diseño y publicidad.
La Refugia: el moai que se monta en un pueblo de 200 habitantes
El proyecto nace como una salida de un colapso “propio pero colectivo”, muy pegado a la sobreexplotación laboral y a esa sensación de estar todo el rato desconectada de una misma y de lo que te rodea, y tomó cuerpo en Wamba (Valladolid), de donde son los fundadores. No hacía falta ninguna infraestructura, sino, “simplemente” crear ese espacio (literal y simbólico) para que las generaciones se cruzaran de verdad. ¿Por qué es importante este punto? Según la fundadora, al estudiar en un aula unitaria de pueblo conocía de primera mano la riqueza de una enseñanza más libre e imaginativa que la de las ciudades, y quería recuperar (o mostrar a quienes lo desconocen) este modelo.
Queríamos construir un espacio que tocase tierra, que ralentizase los ritmos, que simplificase la vida y que lo hiciera a través del combo entre cultura y salud mental/emocional, entre teoría crítica y conocimiento psico-espiritual, en un espacio un poco liminal entre el conocimiento académico y la sabiduría popular.
Nada de retiro de bienestar con eslóganes grandilocuentes. Su primera actividad, en julio de 2023, fue una mesa redonda con personas de ocho generaciones distintas (de los 18 a los 90 años) donde se habló de cómo habían cambiado los veranos, las fiestas y los juegos en el pueblo. Un año después y bajo el título ‘Todas las muertes de una vida’, tuvo lugar la primera edición de esta escuela-universidad bosque de verano, que juntó a locales con personas de fuera del municipio, como las escritoras Núria Gómez Gabriel o María Sánchez. “En todas las actividades hay una parte que es preciosa y que es la de los compartires (de memoria, de emocionalidades, de historia…) que muchas veces estaban escondidos y de repente salen a la luz”, explica Álvarez, y pone de ejemplo una mesa redonda de aquel año en la que wambeñas de entre 60 y 92 años hablaron de los rituales alrededor de la muerte en la vida rural.


Las que nunca fallan
Su público mayoritario son las mujeres mayores del pueblo que, aunque no paran en todo el día (que si a por el pan, que si a cuidar de alguien), cuando llegan las siete de la tarde se plantan en la actividad que toque con todas las ganas. Muchas de ellas no pudieron estudiar y, ahora, superados los 70 años, se meten de lleno en charlas que no siempre son fáciles. Y se meten a las forasteras, que vienen casi siempre de grandes ciudades, en el bolsillo. Puro moai intergeneracional, aunque no lleve ese nombre.
Una de las cosas más bonitas que sucede a nivel tangible es esa puesta en valor de la historia rural, que supone un chute de autoestima para jóvenes y mayores (quizá especialmente mayores).
¿Qué vacíos cubre La Refugia? Su fundadora lo tiene claro: agitación cultural desde el rural (no sobre el rural, hecha desde fuera, matiza), espacios educativos alternativos lejos de las ciudades, y ese acercamiento tan necesario entre la salud mental y los pueblos, donde el acceso a la sanidad pública es todavía más complicado que en las ciudades.
El plan B que igual debería ser el plan A
Si la ciencia lleva décadas diciéndonos que los vínculos sociales pesan tanto como la dieta o el ejercicio a la hora de vivir más y mejor, y si mujeres en Londres, en Cataluña y en un pueblo de 200 habitantes de Valladolid ya lo están poniendo en práctica cada una a su manera (con presupuesto de promotora o en la sombra de la plaza, con 25 llaves distintas o con un aula unitaria), quizá lo de un futuro compartido con amigas (o con desconocidas que puedan acabar siéndolo) no es una idea tan loca.






























