La comunidad LGTBIAQ+ había enterrado el estigma del VIH. Hasta que llegó la viruela del mono

La comunidad alza la voz contra los fantasmas de la lgbtbfobia resurgidos a raiz de la viruela del mono y lucha contra una discriminación que perdura

por Ana Rojas

Investigadora y periodista. Escribo sobre género, derechos y movimientos sociales. Madrileña based in Barcelona.

“Sentíamos y teníamos sexo sin censura, nos abrimos a todo tipo de placer sin culpa y nos resarcimos de lo que la generación anterior no había podido hacer. Éramos descaradas y punkis…hasta que apareció el SIDA”. María Laloren (59 años, Asturias) describe con estas palabras la efusividad de los años 80, que sucedieron como un grito de libertad y oda al hedonismo, al sexo y a lo colectivo. Recuerda el underground, la revolución cultural, el nudismo, las novelas románticas, la generación beat… Una apertura social sin precedentes ni referentes que posteriormente se toparía con la consecuencia de no tenerlos. 

“Mis padres trataron de transmitirnos la naturalidad en la medida que pudieron. Se hablaba con cierta libertad, sin mucho tabú. Contrastaba con lo que fuera se respiraba, más represivo”, destaca. Sin embargo, señala que su educación sexual fue a base de ensayo y error. “Aprendimos de la contracultura y nos buscamos la vida como podíamos”, confiesa.

María se define como una mujer pansexual, parte del colectivo LGTBIAQ+, aunque también destaca otras realidades diversas cuya categorización es compleja y crítica. Fue diagnosticada con VIH al inicio de los noventa, una década que dejaría huella en la memoria colectiva de toda una generación. El tratamiento mediático de la viruela del mono y su vinculación infundada a la comunidad LGTBIAQ+ le ha traído recuerdos de esa época, pues ya se promovía el mismo estigma.

“La viruela del mono es una infección que se transmite por el contacto estrecho entre dos personas. Pero si mientras lo dicen en el telediario ponen de fondo la Sauna Paraíso y las fiestas de Maspalomas o cuentan que es una ITS cuando no es cierto, luego vienen diciendo que es ‘cosa de homosexuales’”, explica Jorge Beltrán, integrador social y experto en salud de la organización Kifkif.

Pero, ¿acaso es la viruela del mono una ITS? Como insisten desde el Ministerio de Sanidad, no se trata de una infección de transmisión sexual porque la transmisión, aunque en menor medida, también puede producirse por contacto estrecho no sexual.

“Al final, lo que vemos son personas con temor a disfrutar plenamente de su sexualidad porque el mensaje que llega por los medios es estigmatizador, igual que con el VIH, la sífilis… llegan a enfocarlo como algo meritorio”, continúa Jorge Beltrán.

Aunque el propio Ministerio de Sanidad recuerda a Bloom que en ningún caso la viruela del mono está relacionada con la orientación sexual, este tipo de discursos continúan conformando las bases de la discriminación lgtbfóbica.

La Comisión de Salud Pública valorará a partir de esta semana la nueva estrategia de vacunación propuesta por el Ministerio de Sanidad, donde se propone también priorizar la inmunización de la población LGBTIQA+ que se considera mayormente expuesta al virus: los hombres que mantienen sexo con otros hombres, así como aquellas personas que se encuentren en seguimiento por un tratamiento de prevención o infección por VIH y que no hayan pasado previamente por la monkeypox.

De acuerdo con los últimos datos ofrecidos por parte de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (RENAVE), España cuenta actualmente con 2.447 casos confirmados de viruela del mono desde su primer diagnóstico el pasado mayo.

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Existir con cuidado: cuando el estigma impide conocer tu sexualidad 

“Discursos como los de la viruela del mono provocan que las personas LGBT tengamos que esconder qué hacemos y qué nos gusta”, explica Alejandra García (26 años, Asturias). Un silencio compartido que siempre ha recaído en el famoso armario, al que se regresa cuando la vida peligra, convirtiéndose en un enclave de aislamiento: “La primera barrera para saber más sobre mi salud sexual es haber estado dentro del armario, porque, ¿qué tipo de conversaciones puedes tener si no puedes hablar de ello? Entre los hombres es más habitual hablar de salud sexual, pero no es igual con las mujeres. Hace poco pregunté a mis amigas si podía contagiar un herpes a mi novia y nadie tenía ni idea”, explica Isabel Rubio (24 años, Madrid). 

Un estigma que, en realidad, evidencia la falta de una educación sexual general y adaptada. El último informe llevado a cabo por el Observatorio sobre ITS en mujeres en España mostraba los sesgos presentes en los conocimientos de la población LGTBIAQ+: el 81,82% de personas homosexuales y el 73,51% de bisexuales encuestadas afirmaba que su educación sexual había sido de regular a muy mala.

Misma consideración compartían el 85,71% de personas trans consultadas y el 55,31% de las no binarias. Además, el 79,32% no recordaba ninguna campaña de prevención y sensibilización sobre salud sexual. La representatividad de la comunidad LGTBIAQ+ en estas es minoritaria, sobre todo de las mujeres trans y lesbianas: solo aparecen en el 0,72% de las estrategias.

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La formación actual tampoco incluye ni representa todas las diversidades: “Lo que recibí en el instituto estaba basado en pura norma cisheterosexual, el ‘ponerse condón y a correr’. Yo salí del armario a los 21 años y toda la info que he recibido ha sido preguntando, porque no había forma de encontrarla gratuita y accesible”, señala Alejandra. “En mi caso, yo soy lesbiana y trans, entonces me encuentro con una barrera aún más gorda porque ni se plantea en la salud reproductiva lo que vivímos para transicionar, como quedarnos estériles o que la funcionalidad sexual cambia muchísimo”.

Una carencia que, en realidad, solo invisibiliza otras realidades. “La sexualidad es natural en la especie humana y no está orientada solo a la reproducción. Hay diferentes formas de relacionarse. El sexo puede considerarse algo complejo, algo moral. Y la realidad en la práctica no es el amor romántico y una pareja para toda la vida, hay muchas más opciones. Pero son tabú. Es eso lo que genera el estigma”, explica Gerjo Pérez, de Acción Triángulo.

La ausencia de información básica en la escuela o la familia también provoca que, desde edades muy tempranas, muchas personas LGTBIAQ+ indaguen en esta a través de otras fuentes con diversos riesgos, como es el caso de internet:

Se están creando unos mitos violentos alrededor de la sexualidad, basándose en la pornografía. No solo desde el punto de vista físico, sino también emocional, porque intentan reproducir lo que ven

Gerjo Pérez, de Acción Triángulo

Algo que el cineasta Guillermo Guzmán (22 años, Madrid) ha vivido en primera persona: “Cuando vemos a nuestros amigos cishetero darse sus primeros besos a los 14 años, también nos encontramos con que nuestra única baza es internet. Acabas teniendo una exposición muy temprana, por ejemplo, a las apps de ligue, y quedas a la merced de lo que quieran los otros, que son mucho más mayores”, afirma. “Esto puede afectarte mucho en la relación que desarrollas con el sexo, la dependencia y validación de desconocidos… Cuando crecí me di cuenta que me costaba mucho tener relaciones con alguien a quien respetase”, añade.

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Identidades atravesadas y realidades desplazadas 

Si algo está claro dentro de la comunidad LGTBIAQ+ es que no existe una sola manera de ser ni de sentir. El silencio que se alza fuera de la normatividad adopta diferentes formas, representando una realidad dolorosa y determinante en un ámbito como la salud.

“A las personas trans se nos sigue tratando como enfermas. Hace cuatro años que la OMS nos sacó de la lista de enfermedades mentales y yo en mi expediente sigo teniendo ‘transexualismo de género’, que solo hace que la gente te mire raro. A día de hoy se sigue rechazando a personas trans para donar sangre u órganos. Parece algo del siglo XIX, pero es la realidad”, denuncia Alejandra. “Me estoy hormonando, pero eso no influye en mi calidad sanguínea, no estoy enferma. No entiendo por qué hay esas diferencias”.

Alejandra también señala que, en el caso de las personas trans, el estigma avanza desde la desatención hasta la propia negación por parte del personal sanitario.

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He pasado por entrevistas y cuestionarios en los que he salido llorando. Me he sentido humillada y despersonalizada porque piensan que no estamos bien de la cabeza. Me ha costado mucho encontrar por fin un profesional al que preguntar con confianza cómo me afectan las hormonas

Alejandra García
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Una discriminación que no solo se intersecciona con lo que eres, sino también con el lugar del que vienes. Formar parte de la comunidad LGTBIAQ+ siendo migrante refuerza las barreras a la hora de acceder a derechos básicos. “Hoy en día seguimos viendo a diario los mismos prejuicios de hace años y cuando hablamos de personas migrantes y refugiadas también vemos esa doble discriminación. Están siempre ahí, es algo latente”, explica Beltrán de Kifkif.

La organización también ha señalado en varias ocasiones las dificultades de la población migrante a la hora de acceder al sistema de salud y su especial urgencia en caso de aquellas personas que necesitan tratamiento antirretroviral para el VIH. “Es importante que la comunidad LGTBQ+ institucionalizada abra también las puertas a las personas que tienen dificultades para buscarse la vida como las personas migrantes”, señala María.

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Diverses miembres de la comunidad han compartido con Bloom su incomodidad en consulta, bien sea a la hora de acudir por un tema relacionado con la educación sexual, como el simple hecho de ir por cualquier otra razón y que su identidad u orientación se conviertan en factores relevantes para su valoración diagnóstica.

“Ir al médico es violento en general porque siempre te tratan con paternalismo, pero cuando quise saber más sobre mis pruebas de ITS [Infecciones de Transmisión Sexual] porque yo no he tenido educación sexual en mi vida y me respondieron cortante… Fue como: ‘Vale, tengo relaciones con mujeres y quiero saber si realmente son seguras o no’”, explica Isabel.

Por su parte, Guillermo cuenta que, después de hacerse una analítica para comprobar el estado de su salud sexual, pasaron meses hasta que recibió su diagnóstico: positivo en sífilis. “Tuve que cambiarme hasta tres veces de Centro de Salud. A cierta parte del cuerpo sanitario le hace falta tener más sensibilidad y menos prejuicios, que no por dar positivo tengo que ser una cochina. Yo lo contraje a través de mi novio”, cuenta.

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En esta línea, la ausencia de información sobre salud sexual adaptada en este ámbito deriva directamente de la falta de formación de los sanitarios en sí, según indica Paula Elorza, enfermera en el Hospital Montepríncipe y La Paz. “Este tipo de formación se suele dar en ramas de la ginecología, incluso de infecciosas, pero suele orientarse solo a las mujeres porque son las que más acuden por estos temas. La formación del resto del personal que no tenga un interés especial en la salud sexual suele ser basiquísima tirando a nula, en proporción al problema que supone en la sociedad”, señala.

Respecto a los efectos de la discriminación, Elorza afirma que la peor consecuencia que tiene el estigma es el riesgo en la salud del paciente. “Hace que sea más difícil que acuda a ti y te diga la verdad, porque le avergüenza y le da miedo. El paciente va a intentar no venir, ir a la farmacia y apañarse, buscarlo en internet… o sea, abordarlo de diferentes formas que no son las mejores para su salud sexual”, continúa.

Retos y esperanzas de un futuro mejor 

En el presente, muchos colectivos y organizaciones como Kifkif y Acción Triángulo promueven una amplia variedad de acciones para abordar estas problemáticas, a través de la intervención individual y comunitaria.

“Vemos que hay mucha precocidad en todo, el mundo va muy rápido y la gente joven más, por eso hacemos talleres de diversidad afectivo-sexual que contemplan todas identidades, todas las orientaciones, enfocados a diferentes tipo de relaciones, tanto románticas como sexuales”, señala Beltrán. “Contamos con educadores para intervenir con las personas que han adoptado ese discurso de odio y también ofrecemos charlas públicas en coles. Hay que hablar con naturalidad y quitar la culpa en torno a la sexualidad porque de lo que no se habla no existe y lo que no existe da miedo”, indica Gerjo.

El Ministerio de Sanidad también señala los avances que se continúan llevando a cabo en el presente, como la realización de campañas de promoción de la salud sexual y de prevención de ITS, la implementación de la Profilaxis Preexposición (PrEP), los programas de prevención del VIH/SIDA y el abordaje multidisciplinar del chemsex.

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A pesar de esto, existe una sensación general de que aún queda mucho por hacer. Muchos de los retos pendientes residen en una mayor inversión de recursos y esfuerzos en materia sanitaria y educativa. De acuerdo con les entrevistades, la meta principal sería promover una atención especializada que aborde todas las realidades y diversidades en la comunidad LGTBIAQ+, trabajando tanto en la percepción propia y colectiva, como en la idea de consentimiento.

“La educación sexual tiene que ser una materia incluida desde una edad temprana en los programas de salud. De toda la vida hay una presunción muy grande de heterosexualidad. Si ni siquiera se mencionan otras realidades, estás dando a entender que no tienen cabida”, explica Beltrán.

Una necesidad formativa también aplicable al sistema sanitario: “Hay que independizar la sexualidad de la ginecología porque no se puede entender solo como una rama de esta especialidad y la obstetricia, tiene que abrirse una nueva vía con la que los sanitarios estén equipados en formación y herramientas para ofrecer una educación sexual y una atención que dé cabida a todas las personas, con todo el abanico de sexualidades que puedan tener”, puntualiza Elorza.

Además, se reclama una mayor agilidad administrativa en los procesos de transición de género. “Necesitamos una simplificación de los trámites para que las personas trans tengan más facilidades para cambiar todos los datos de sus documentos oficiales. El ir por la vida con un género que no te representa es muy doloroso”, indica Alejandra.

En este sentido, la necesidad de referentes se hace cada día más clave e importante: “Necesitamos ejemplos en los medios y en la ficción. La normalización desde el primer momento es buena porque quien sea un niño afeminado verá en su serie favorita que no es el único, y que además puede ser ingeniero o jugar al rugby y hacer y ser muchas cosas más”, propone Guillermo.

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