En un mundo cada vez más viejo (y longevo), el challenge: alargar la edad biológica.

En un mundo cada vez más viejo, la ciencia vuelve a mirar al cuerpo femenino. Analizamos qué hay detrás de las nuevas investigaciones sobre fertilidad y envejecimiento.

enero 18, 2026 Escrito por Isabel Sauras

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Especializada en salud femenina, cultura y estilo de vida.

Revisado por el equipo de expertas de Bloom, plataforma especializada en salud femenina.

Nuestra menstruación ha sido siempre una forma de medir el tiempo porque marca ciclos, etapas, comienzos y finales. Funciona como un reloj biológico silencioso que señala cuándo el cuerpo femenino entra y sale de su vida reproductiva, pero, más allá del proceso biológico que obviamente implica, alrededor de la menstruación se han construido discursos médicos, sociales y culturales que han condicionado la forma en la que las mujeres viven su cuerpo y toman decisiones sobre su futuro.

Hace solo unos días, ese reloj volvió a colocarse en el epicentro del debate. Un estudio liderado por la bióloga china Hongmei Wang planteó la hipótesis de espaciar las reglas, por ejemplo pasando de un sangrado mensual a uno cada tres meses, para reducir el desgaste ovárico acumulado con el objetivo titánico de contribuir a prolongar la vida fértil femenina. Por ahora no se trata de una solución inmediata, pero sí de una línea de investigación que ha despertado mucho interés y ha hecho saltar algunas alarmas.

La reacción a este estudio biológico ha generado controversia y debate social, especialmente en espacios feministas. No tanto por lo que supone la investigación en sí, sino por el contexto en el que aparece y por lo que sugiere de forma implícita. Y es que esta investigación aparece en un momento en el que el envejecimiento acelerado de la población se ha convertido en uno de los grandes retos de las próximas décadas. Europa envejece a pasos agigantados, la natalidad cae sin piedad y los sistemas económicos y sociales construidos sobre poblaciones jóvenes empiezan a mostrar signos evidentes de agotamiento. Y, en este escenario, la ciencia reproductiva vuelve a ocupar un lugar central.

La pregunta ya no es solo qué es posible y que no desde el punto de vista biológico. Es qué significa que, ante un problema estructural, volvamos a mirar al cuerpo de las mujeres para ganar tiempo. ¿Qué consecuencias puede tener ese enfoque, tanto médicas como simbólicas, en un mundo que sigue sin ofrecer respuestas profundas a las causas reales del problema?.

retrasar el envejecimiento ovarios

Así es el estudio que plantea espaciar la regla

El estudio al que se refiere este debate se dio a conocer a comienzos de enero de 2026 y está liderado por la bióloga china Hongmei Wang, especializada en biología reproductiva y envejecimiento ovárico. Su planteamiento parte de una hipótesis concreta, y a la vez provocadora: el número total de ciclos menstruales a lo largo de la vida podría influir en cómo envejece el sistema reproductivo femenino.

Sin lugar a dudas, cada ciclo menstrual implica una activación hormonal intensa y repetida y, a lo largo de décadas, esa activación se produce cientos de veces en las mujeres. La investigación explora la posibilidad de que reduciendo la frecuencia de la regla, es decir, espaciarla y disminuir el número total de ciclos, se podría ayudar a preservar durante más tiempo la función ovárica. Por ahora no se puede hablar de una pastilla que obre el milagro ni de una intervención quirúrgica concreta. De momento es una investigación incial apoyada en modelos experimentales y estudios biológicos, pero que todavía está lejos de una aplicación clínica real.

Tal y como explica la comunidad científica, el estudio no promete retrasar la menopausia, no garantiza fertilidad a edades avanzadas y no plantea tratamientos disponibles a corto plazo. Su alcance es limitado, pero su impacto simbólico es enorme. Porque más allá de lo que hoy puede o no puede hacerse en un laboratorio, lo relevante es el tipo de preguntas que la ciencia empieza a formular a la humanidad. 

baja natalidad en Europa

¿Qué hacemos para evitar el envejecimiento acelerado?

La pregunta es legítima y la respuesta, hoy por hoy, no es clara. El envejecimiento de la población europea ya no es una proyección a largo plazo, es una realidad medible. De hecho, según los últimos datos de La Oficina Europea de Estadística, Eurostat, la edad media de la Unión Europea alcanzó los 44,7 años en 2024 y sigue aumentando de forma sostenida. En términos simples, la mitad de la población europea ya supera esa edad. Desde luego son datos que en los años ochenta nos hubieran parecido fruto de una película de Spielberg.

Al mismo tiempo, y de forma dramática, la natalidad continúa cayendo en la mayoría de países europeos. Nacen muchos menos niños, vivimos más años y los sistemas de bienestar que conocemos fueron diseñados para una pirámide demográfica completamente distinta a la que vamos a vivir. El resultado es un cóctel incómodo de presión económica, miedo al colapso y búsqueda urgente de soluciones.

En este contexto, es lógico que la ciencia tenga un papel protagonista. Todos estamos de acuerdo en que investigar cómo envejecemos, cómo se deterioran los sistemas biológicos y cómo ampliar la calidad de vida es tan necesario como deseable. También lo es avanzar en salud reproductiva y en el conocimiento del cuerpo femenino, históricamente infrainvestigado.

El problema no es que la ciencia avance. El problema aparece cuando, ante un desafío estructural enorme, empezamos a mirar de nuevo hacia la biología femenina como posible vía de escape. Como si ganar unos años al reloj biológico pudiera compensar décadas de falta de políticas eficaces en conciliación, cuidados, empleo o vivienda. ¿Realmente la solución al incesante envejecimiento de la población está en que nuestro útero tarde más en envejecer?

La ciencia reproductiva ante un mundo que envejece

Seamos claras: el estudio de Hongmei Wang no es un caso aislado ni una excentricidad científica. Forma parte de una tendencia más amplia en la que la ciencia reproductiva empieza a dialogar cada vez más con preguntas que no son solo médicas, sino claramente demográficas. En un mundo que envejece y en el que la natalidad se desploma, la obsesión por ganar tiempo se intensifica y la biología aparece como un terreno aparentemente neutral sobre el que intervenir.

La historia de la medicina demuestra que muchos avances científicos han ampliado derechos y opciones para las mujeres. La anticoncepción, las técnicas de reproducción asistida o la mejora en el abordaje de la salud ginecológica son ejemplos claros de cómo la ciencia puede jugar a favor de la autonomía femenina y del bienestar real de las mujeres.

Pero cuando se empieza a hablar de espaciar la regla para ganar tiempo, la cuestión ya no es solo si es posible o seguro desde el punto de vista médico. La cuestión más profunda es qué se espera que hagan las mujeres con ese tiempo ganado. Si realmente se les ofrece como una opción más dentro de un marco de libertad real o si se convierte, de manera sutil pero persistente, en una nueva exigencia social para salvar el mundo. 

salud reproductiva femenina

El envejecimiento acelerado como problema estructural

Desde el punto de vista médico, todas estamos de acuerdo en que investigaciones como esta pueden aportar conocimiento valioso sobre el envejecimiento reproductivo y abrir nuevas vías para mejorar la salud de las mujeres. Comprender mejor cómo envejece el sistema reproductivo femenino, un terreno históricamente poco estudiado, es necesario y puede traducirse en avances reales. Negarlo o demonizarlo no solo sería injusto, también sería poco riguroso.

Pero junto a esas posibles implicaciones médicas aparecen otras consecuencias que no se miden en ensayos ni en laboratorios. Consecuencias sociales, culturales y simbólicas que afectan directamente a cómo las mujeres viven su cuerpo y toman decisiones. La idea de “ganar tiempo” aplicada a la regla podría reforzar una presión silenciosa que muchas mujeres ya sienten por ser madres «cuando toca» o «para que no se pase el arroz». La sensación de que siempre hay margen, de que aún se puede esperar un poco más, de que el límite biológico es flexible si el contexto lo necesita.

La reacción que ha despertado este estudio en redes y espacios feministas ayuda a entender ese malestar. Plataformas como Malas Madres o medios como Salander no han cuestionado el derecho de la ciencia a investigar, sino el marco en el que se interpreta este tipo de propuestas. La incomodidad no nace del avance científico, sino de la sensación de que, una vez más, el cuerpo de las mujeres se convierte en terreno de ajuste cuando otras respuestas llegan tarde o directamente no llegan.

Porque ampliar el margen biológico no garantiza mayor libertad si no va acompañado de cambios estructurales reales. De poco sirve retrasar el reloj reproductivo si las condiciones para decidir siguen siendo precarias. Si la maternidad continúa penalizando carreras profesionales, si los cuidados siguen recayendo de forma mayoritaria sobre las mujeres, si el acceso a la vivienda o a la estabilidad económica sigue siendo una carrera de obstáculos.

Al final, la pregunta de fondo no es si la ciencia debe avanzar. La pregunta es qué ocurre cuando ese avance empieza a ocupar el lugar de decisiones políticas y sociales que llevan años aplazándose. Quién define qué significa “ganar tiempo” y para quién se gana cuando el cuerpo que se pone en juego es, una vez más, el de las mujeres. Y, sobre todo, en qué lugar coloca esta tendencia a nuestras hijas y al resto de mujeres que tendrán que vivir en ese mundo.   

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